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Chema Rodríguez

CHEMA RODRÍGUEZ A CONTRALUZ En el preciso instante del latido de las alas recónditas del Tiempo, se deslizó Hiperión dentro del aire -John Keats- Un regusto netamente sevillano recorre la factura de Chema Rodríguez: una manera de hacer, una forma de pisar y restregar la pasta a la búsqueda de efectos lumínicos, texturas y pátinas que asociamos al carácter de esa escuela. Su pintura muestra una fragilidad basada en el efecto y los acordes más atmosféricos y envolventes, donde bajo una armonía tonal y cromática insistida, muy pensada, se dejan vibrar al aire notas aisladas disonantes y ácidas que animan la escena como con un chisporroteo. Es como exprimir la peladura de un limón frente a la llama de una vela: una bengala, un fuego de artificio..., la entidad de las cosas descansa en su reflejo en un espejo empañado; allí su cercanía es incierta, tanto como su presencia (dibuja allí, en lo borrado, / la ausencia que busco, dice la poesía de Hugo Mujica). Cómo no acordarse de esa otra sevillana, Carmen Laffón (y de manera un poco más lejana también de Teresa Duclos o, incluso, de Joaquín Saenz), ante la intimidad súbita, aparentemente casual, que adopta la disposición de sus bodegones y retratos, sometidos a un cálido reposo de miras, y ante la evidencia de que, al igual que aquella, cuando pinta, como con tanta perspicacia observó Bergamín, no lo hace del natural sino delante de la naturaleza, con ella misma. Es un ejercicio extraño este de arañar y rasgar los esmaltes, las pieles y, en general, todas las superficies de lo representado, dando con ello un aire de existencia raída, incompleta y desgastada a cuanto aparece en sus cuadros; pátina polvorienta que nos aboca a la particular temporalidad de la memoria. Pero no sólo de ahí emanan los vapores de cámaras cerradas, el suave declinar de las presencias, su carácter de pasado: retruécanos y desviaciones mínimas, apenas perceptibles para el ojo, avisan al espectador de que en el seno de esta pintura, que en principio parecería un autosuficiente dominio retiniano, se entrelaza íntimamente la densidad literaria del devenir anecdótico y literario del relato. Es por eso que semeja estar ahumada en el interior de viejos cafés modernistas –incluso de Manet y los impresionistas- del penúltimo cambio de siglo, con sus barridos y reflejos en sordina, espesos anaranjados de nicotina que nos llevan muy lejos: a las series de otro sevillano, el Quejido de las damas, los tabiques y los espejos de los años ochenta. Por esa pátina amarillenta de barniz oxidado a la sombra del museo, pasmado y neblinoso, rezuman también los ensueños plácidos y edénicos del Tahití y de la Dominica que embelesaran a Gauguin; la tristeza lánguida, famélica, del Picasso azul y algo del rosa; contraluces y destellos de Turner hasta Toulouse-Lautrec o las candilejas de Degas; morbidez decadente y suntuosa de Redon o Klimt; pero también Ensor y Klee, Moreau, de Chavannes, los nabis... Sevilla vibrátil y extraña, pues, la de Chema Rodríguez, recorrida por un escalofrío –calor, frío...- que arranca de un fondo turbio y febril, muy lejano del refulgente origen con que asociamos a sus luces. Tenso, incluso; sí, y mucho más inquietante. Como, de nuevo con Mujica, esas luces que se encienden / y apagan / como tiritando entre siempre y nunca, / como el temblor / de la vida. // son señales en el vacío / despedidas sin haber sido llegadas. Óscar Alonso Molina (Madrid, febrero de 2002)

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"Paisaje de Sevilla"
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